sábado, 22 de febrero de 2014

LA NIÑA TIESA



Atrás de las puertas llora la niña tiesa, sin comprender lo que la muerte trae. Una mesa sostiene el cuerpo frío de su madre. No hay ataúd.
           La recién nacida también llora.  El pezón no brota para calmarla.
La niña tiesa quiere encorvar sus pequeños brazos. Darle sostén a la horfandad de su nueva hermana.
          Llora por sí misma, por la recién nacida, por los otros hermanos, por la que yace sin dar respuestas, por el mutismo de ese hombre. La tierra también lo hace a borbotones. Un rugido siniestro oscurece la tarde.
         No le alcanzan los brazos para brindarle amor materno. No puede coser lo que se ha cortado. La desconsuela el llanto de la recién nacida, casi un alarido que reclama el contacto de piel contra piel.
La niña tiesa sostiene y le da amparo a la que busca reconocer olores y  latidos. Su propia tristeza la hace soñar con margaritas. Quiere usarlas como vestido. Recién cortadas abrigan más. Con el polen dará color a sus mejillas. Las sostendrá con puntadas de espinas, de la rosa que se marchitó. La madre se llevó el verde de las praderas. Aún así todas sus gamas quedan en los ojos de sus amados hijos. Llenos de preguntas piden explicaciones a los de la misma sangre. El trasplante fue la respuesta. Se llevaron dibujado en las retinas lo que nunca más volvería a ser. A la orilla del camino, enterraron los  sueños, sin tener espacio para curar las heridas. Cada uno engrosó otras ramas de la gran familia y  perdieron la intimidad de su propio nido.
Con diferentes tíos o abuelos les tocó vivir. Infectadas de soledades, las heridas dejaron huellas.
         Se le dio buena vida al brote nuevo, no así a la niña tiesa, que  siguió escondiéndose en los rincones. Muchas preguntas retenidas entre los dientes. Luces y sombras, entramadas en soledades, no enhebraron palabras. Sin consuelo su cuerpo contaminado de tanto esconder.                                         Lágrimas nacieron de las ausencias no comprendidas. Ellas no lavan, inundan todo, de un solo color. 
Con el pasar del tiempo, creció en ella el deseo del nido propio. Soñaba partir de la casa ajena. Quería encontrar en alguien algo de lo mucho de lo que la vida la privó.

madre que das nombre
al recuerdo
entre las curvas de los interrogantes
 fuerza y sostén

desplegar incógnitas

caminar sobre ellas
arde el recuerdo
 cenizas
que el aliento
no hace desaparecer


volvió en amaneceres
mojada de rocío

ella    santuario
pulida y resplandeciente
con los brazos extendidos
igual al recuerdo
alimentado en la distancia

llegó una madrugada
sin rozar sus pies alguna superficie
dejando una estela de luciérnagas en vuelo
un  panal que regala su néctar
en el camino a recorrer


                                                        “Los padres remontarán el vuelo
                                                                       y los hijos conocerán sus nombres”
                                                                                  Tony Morrison

         Fui hija solamente por poco tiempo. Muy pronto estuve llamada a hacerme fuerte, siendo aún pequeña. El amor materno, mezclado con tu necesidad de madre tejía telarañas que paralizaban mis actitudes infantiles, convirtiéndolas sin buscarlo, en una trampa.

         La vida, que me hizo conocer mi nombre tan tempranamente, confundió los roles. Sin embargo, el haber sido reclamada como madre siendo niña, de la mía propia y mis hermanos, no borraba mi alegría natural. Pero tantas otras cosas se mezclaron, confundiéndome. Era pequeña pero adulta, siendo adulta de pequeña. Doble juego infernal.

         Fraccionada tantas veces, dejando de hacer lo que me correspondía por derecho propio, ante la necesidad de cubrir espacios cuyas sombras no llenaba.
         Difícil fue salir de la parálisis. Reclamada por los propios proyectos, navegué en las turbias aguas de la bronca y de las culpas.

         Un cajón era la meta de tu vida. Hablabas de la muerte renovando la fecha, paso a paso.
         Con el tiempo me di cuenta de que romper la telaraña fue la única forma de salvarme.
         Partí enamorada, tratando de no repetir errores. Amándote con pena infinita de que no supieras ser feliz.

         Te negaste a cambiar tu forma de vivir pues. Perdías tu derecho a tenernos retenidos.

         Cuánto tuve que bucear en mi interior para armar mi vida independiente. Muchas raíces aún quedan. Las arranco cada tanto sin poder eliminar el dolor que me desgarra.

         A pesar de todo no guardo rencores. Pienso que me diste lo que quedaba en tu corazón, enfermo de dolores no curados.

         Hoy la ancianidad limita tu forma de comunicarte. Sin embargo no olvidas cómo hacer para enredarme. Te perdono y te quiero, sin dejar de imaginar de qué manera diferente podrías haber transitado por la vida, sin rencores, curando las heridas y mirando hacia delante.

necesitaba flotar
sentirme sostenida
soplada desde el fondo
despedir calor
derretir burbujas
en el flujo de la noche
midiendo con cada brazada
la distancia
de esa orilla oscura
sin ser tierra
para conservarme líquida




         Vacío inexplicable en la vejez de la niña tiesa.
         Arrinconada escapaba a las sordas multitudes, hambrienta de compartir, aunque más no fuera, una palabra.
         La angustia desbordaba opacidades, queriendo alcanzar aquello que se le negaba.
Su boca, seca por la  involuntaria mudez, enhebraba llanto.
        
Los pensamientos nacían y morían en ella sin poder volcarlos a la vida.
         Su corazón acongojado se refugió en el amor de las miradas que la abrazaban.
Comenzó a sentir alivio y, poco a poco, fue aprendiendo un nuevo lenguaje.
Una y mil preguntas en su mente. A medida que su rostro sonreía, el amor se convertía en palabras.


alguien me obligó a morder el miedo 
las manos trémulas y los ojos vacíos

necesitada
no solo de un cuerpo
de la exigencia a crecer
tan rápido

todo lo urgente de su dolor
postergó mi vuelo de pájaro

aún espero su mano
quiero que me sostenga
la belleza necesaria

ser pétalos blancos que no sangren
poder mirar
en el rectángulo de esa ventana
al mundo que me espera
sin temor
         la belleza necesaria
vuelve 
en cualquier momento
nunca es tarde

y si lo fuese              después
del otro lado

seré
embellecida


el vestidito no lleva
entre-dos

la memoria tampoco

una sola mano sostiene
la infancia

la falta de agua mató el verde


digo no al corte de raíces
para alcanzar la altura
la naturaleza no apura
ni detiene   el crecimiento
solo espera

quiero armonizar
mi propio yo

dejar caer cada miseria
hacer el duelo
poder desechar lo oscuro

ser transparente


          Amar y quedarme en ese sentimiento que  llena el alma.
          Sentir el dolor de parir, sin estar pariendo.
          Escuchar el grito que inaugura la vida de ese ser que tiene tanto que ver conmigo, pero  que no es mío.

          Doy uno y recibo cien nuevamente.
          Empresa que no es propia, pero de la cual me siento sostén invisible.
          Mantilla en  la que caliento el cuerpecito de ese nuevo ser,  aún junto a aquél que,  para mi corazón,  es mi niño o mi niña.

          Aprendiendo a callar.  Dejando que el  camino que inician lo transiten  según su saber y entender. Sin  cruzar el límite que marca dónde comienza la libertad del otro, la intimidad de esa nueva familia.

          Apretar la mano de mi compañero,  tan autor de la vida  de ellos, como yo.  Compartir la experiencia de ser la base de un abanico que se abre, pleno de colores diferentes. Nuevas identidades que  algo nuestro tendrán.

          Y el cuerpo que envejece, rejuveneciéndose, para alojar en el hueco de  sus brazos a la tierna vida que palpita. He de cantarle una canción de cuna que  aprendí  en los brazos de  mi madre.

          Testigos del crecimiento de las familias de cada uno de nuestros hijos.
          La vieja casa llena de nuevas voces.
          Preguntas cuyas respuestas están, pero esperan el momento oportuno para ser dadas.

          Y mi cara lamida con el primer beso de ese ser que me recuerda a otro, mientras mis manos tejen puntadas a la par que ilusiones. Imágenes del pasado y el futuro, borrando los límites del tiempo y el espacio.
 

algo de ellas tiene
se abre a la verdad
en la rugosidad de la piel

en el tacto
la propia definición

un  camino se abre
avanza lento
el tropiezo no la detiene

                                                        el miedo a la propia subsistencia
declina oportunidades
hurgar el nexo
deja algo


capullos amarillos para renacer
una sombra al lado
un murmullo de voces y  risas
tiempo detenido en el tiempo

custodiada por paredes
el blanco desconcierto

se siente en el cuerpo
también en un vientre
pequeña y adulta

engendrada dos veces
                  
reverbero
canta un mirlo
las rositas silvestres trepan
la entrega de los astros
a su propia constelación

choque de aguas que buscan direcciones
sin saber fundirse en el remolino que precipitan
prolongaciones de su centro

tierra amontonada
son los cerros que quiero escalar

en un vuelo de águila
hasta fundirme en la llama
ardiente en la espera

y arribo
a donde Tú
me quieras llevar

                                                       texto (basado en hechos reales) de:
Moni Indiveri de Vega   
                                                
                                             

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