miércoles, 2 de abril de 2014

Estar solo




            Al abrir el diario se sumergió en los titulares de la primera plana buscando la forma de seleccionar qué leer. Sin encontrar lo que realmente buscaba, tomaron vida escenas del pasado y se pusieron de pie en la mente. Al verse desde otro lugar sintió pena, mucha bronca y por qué no reconocerlo, hastío.
         Pocas palabras deshilvanadas abrieron interrogantes. Cerró el diario y miró el reloj. Un calambre desde la cintura hasta el cuello, enderezó su espalda bruscamente. Como marcadas a fuego, bordadas las demandas internas. Dejó de tenerse lástima. Su propia condescendencia, lo había ayudado a ser tan mezquino. Su caudal de ternura se fue afinando como una hebra, hasta cortarse. La actitud la percibió como una provocación o un estímulo a su deseo de hacer sufrir. Sintió tristeza no solo por él, también por ella.
         Se recordó carente del amor femenino apenas nacido, de las voces necesarias para su propio crecimiento. Sin la caricia de sus manos tampoco su voz ni su mirada. Como si nadara en aguas tibias, girando y girando sujeto de un cordón, a través de la piel que lo contenía. Creció con lo que le pudieron dar. Llenó los huecos solitarios de su camino para ser hombre. Mucho después la conoció, recibiéndola como si ella le pudiera dar todo lo que no había tenido. Fue feliz, pero el cordón se cortó nuevamente. Estaba otra vez nadando solo en el mar de la vida,
fotografía de José Vega
texto de Moni Indiveri de Vega
           

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